Europan 13 | E13. Proyectos Estratégicos para Desechos Arquitectónicos Contemporáneos

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E13. Proyectos Estratégicos para Desechos Arquitectónicos Contemporáneos

Blanca Lleó

Una de las imágenes mas espeluznantes que guardo en mi memoria es la fantasmagórica visión de las calles de Detroit. Hace ya más de diez años, llegué por carretera a esta gran ciudad esperando encontrar modernidad y progreso. Pero lo que apareció ante mis ojos fue todo lo contrario: desde el primer momento me sobrecogió su alarmante estado de descomposición. A lo largo de calles infinitas se podía ver que más de la mitad de sus edificios estaban en ruinas o abandonados y no pocos habían sido incendiados y aún humeaban. En esta atmósfera tan degradada deambulaban seres solitarios y andrajosos arrastrando sus enormes cuerpos de raza negra; los habitantes como la urbe parecían sobrevivir en estado comatoso. Era una visión tan irreal y tan alejada de nuestro imaginario idílico de la ciudad moderna norteamericana, que todos estos años he dudado si aquello lo había soñado o visto en alguna película apocalíptica. Hasta que este verano ha saltado a los medios la noticia y he podido constatar que mis recuerdos se corresponden con la terrible realidad: la ciudad de Detroit se declara en bancarrota. Desde el dramático anuncio, han ido apareciendo en prensa, en televisión y sobretodo en internet, una gran cantidad de reportajes y fotografías de sus cerca de 80.000 edificios abandonados, de sus patios y calles invadidos por la maleza, de sus vehículos e instalaciones convertidos en chatarra, que ilustran la quiebra total de esta enorme ciudad cuna de la industria del automóvil del mundo que no hace tanto era considerada por su arquitectura el París del medio oeste americano.

 

Los edificios como las ciudades y los imperios tienen fecha de caducidad. Todo lo sólido se desvanece en el aire, anunciaba la revolución industrial. Pero también sus rígidas estructuras cayeron el siglo pasado y dieron paso a las etéreas nuevas tecnologías. Y ahora, como observa el filósofo José Luis Pardo señalando una idea de Zygmunt Bauman, constatamos que “la duración de la vida humana se ha convertido en la referencia última y en la medida de todas las demás cosas humanas, pues ninguna de ellas tiene ya garantizada una permanencia superior. Ni los matrimonios ni las empresas, ni los ministerios ni las profesiones, ni los Gobiernos ni las familias, ni los edificios ni las herramientas, ni las iglesias ni los vestidos, ni los bancos ni los Estados tienen ahora por qué durar más de lo que dura, como media, una vida humana, y lo más frecuente es que, a lo largo de esas vidas, los mortales vayan viendo (todo esto) erosionarse y caer.  (…) Si la revolución industrial termino con el libro y la posindustrial con los libros, ¿quién contará estas vidas no-reciclables?”.

 

Cuando todo pierde consistencia nos preguntamos: cómo volver a pensar desde la arquitectura los conceptos de continuidad y permanencia, duración, memoria, incluso transcendencia?

 

Por otra parte se nos plantea un dilema acuciante. En medio de esa urbe de desechos que es hoy Detroit, se puede escuchar un grito silencioso que nos alerta del gran error que es basar el destino de las sociedades en un crecimiento exponencial que no se para a reflexionar en cual es la dirección de ese crecimiento.

 

Por desgracia en España sabemos de crecimiento irracional. En tiempos muy recientes hemos vivido a lo largo y ancho de nuestro territorio -en las ciudades, las periferias, la costa y el campo-, la locura de un proceso especulativo desenfrenado y el subsiguiente frenazo brusco de la economía. El funesto desenlace de este desarrollo insostenible ha dejado por doquier miles de obras a medio construir como cadáveres arquitectónicos abandonados. Son  las secuelas físicas perdurables de un fracaso colectivo.

 

La preocupación, el interés y también la rabia, que estos acontecimientos y sus nefastas consecuencias han despertado en ciudadanos y profesionales tanto españoles como europeos, se han visto reflejados en múltiples trabajos e informes. Un ejemplo es el libro “Ruinas Modernas, una topografía del lucro” de la arquitecta alemana afincada en Barcelona Julia Schulz-Dornburg, que recopila en un inventario fotográfico la construcción especulativa abandonada en España. Otro trabajo de carácter más político es el informe sobre “el impacto de la urbanización extensiva en España en los derechos individuales de los ciudadanos europeos, el medio ambiente y la aplicación del Derecho comunitario” de la diputada danesa Marguete Auken aprobado en el Parlamento Europeo en Marzo 2012 y que desvela las atrocidades cometidas en el territorio español generadoras de daños irreparables.

 

Por nuestra parte y desde el ámbito de la investigación en la Universidad, hemos tratado este tema para la reflexión de nuevas estrategias de proyecto capaces de plantear un futuro sostenible. Y en concreto, el curso pasado impartimos en el Master de Proyectos Arquitectónicos Avanzados de la ETSAM en la Universidad Politécnica de Madrid, un seminario internacional titulado “Arquitectura sin vida. Como enfrentarse a los cadáveres arquitectónicos contemporáneos”.

 

Hace cien años, hacia 1912, en un periodo prebélico convulso de crisis e incertidumbre, los silos y otras construcciones de la revolución industrial inspiraron a los arquitectos en su búsqueda del espíritu de los nuevos tiempos. A lo largo del siglo XX, el significado de las estructuras industriales evolucionó y continuó siendo un referente en el posicionamiento tanto crítico como renovado de los planteamientos y las arquitecturas que trajo el desarrollo del Proyecto Moderno y la modernización.

Sin negar la polémica, aquellas ruinas de la revolución industrial emergen aún hoy en el imaginario colectivo como símbolos de progreso productivo y motor de bienestar general. Al mismo tiempo, desde hace apenas cinco años y en nuestro entorno más cercano, han aparecido otras ruinas contemporáneas que son el resultado de la más estéril y enloquecida especulación. Estos proyectos inconclusos recientes, que dejan paisajes destrozados y montañas de desechos arquitectónicos, simbolizan el fracaso de la economía depredadora de nuestro tiempo, pero también pueden ser el detonante de nuevas actitudes críticas para repensar el futuro.

 

Como cuerpos dolientes, estas ruinas modernas demandan sin demora ideas y estrategias innovadoras de proyecto capaces de recuperar la identidad del lugar y fomentar la coherencia con el entorno a través de la práctica poética de una economía de escasez. El dolor surgió en el curso de la evolución biológica como un sistema de señales de alarma que advierten al animal de los daños potenciales que le amenazan. Así también a lo largo del territorio, tanto en el entorno “natural” como en el urbano, las heridas y las malformaciones producidas por el afán de urbanizar y construir desaforadamente y en un tiempo record, son las señales de alarma que ahora debemos interpretar para curar un cuerpo herido y acechado por las amenazas; los cadáveres arquitectónicos que han quedado son la constancia de un sistema fallido y un peligro acechante: el modo de construir, habitar, pensar – de ser hombre en la tierra- en nuestro entorno debe ser replanteado urgentemente.

 

El problema existe, es apremiante y demanda soluciones. Proponemos contemplarlo en positivo como una excelente oportunidad para implicar a empresas de la construcción, a organismos públicos y privados, a profesionales de múltiples campos y a grupos de ciudadanos dispuestos o afectados. Supone dar solución a un material de desecho reciente y a un grave problema que heredarán las sociedades venideras, por lo que sin duda, los jóvenes arquitectos estarán muy especialmente interesados en ofrecer, con su mirada de futuro, ideas y propuestas estratégicas. Estos cuantiosos restos de la burbuja inmobiliaria están afectando gravemente tanto a las economías de la administración pública como a la de las empresas y particulares. Y la forma habitual de solventar el problema a base de “más crecimiento”, ya ha demostrado su ineficacia más absoluta. Queda por tanto como primera tarea pararse a pensar que debemos hacer con los cadáveres esparcidos por doquier tras la batalla. Esto es, se hace imprescindible la reflexión, la proposición de ideas y estrategias que conduzcan a acciones de reparación, reciclaje, revisión, recomposición, revitalización, renuncia, reutilización, etc. capaces de asumir y asimilar los intentos fallidos de obras inconclusas y nunca habitadas, que se han convertido tras la crisis en ruinas arquitectónicas sin vida y sin memoria.

 

Repartidas por los centros y las periferias urbanas, por los pueblos y las costas, en lugares próximos y remotos no solo de España sino de otros muchos lugares de Europa (de Islandia a Grecia, de Italia a Rusia o a Irlanda), estos desechos arquitectónicos contemporáneos son por desgracia una expresión negativa de nuestro tiempo. Los proyectos que sobre estas indeseables obras seamos capaces de enfrentar y llevar a cabo podrían convertirse sin embargo en sintomáticos de un tiempo nuevo, y abrirían vías para avanzar una arquitectura de nuestros días más acorde con los medios materiales limitados, el respeto hacia el medioambiente y la salvaguarda de la armonía en la vida de las personas.

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