Guía de Arquitectura de Madrid

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Guía de Arquitectura de Madrid

Alrededor del año 1695 un italiano llamado Bartolomeo Cristofori comenzó a construir un instrumento que, inspirándose en el clavicordio y el harpiscordio e incorporando algunas innovaciones revolucionarias, puede considerarse el padre de nuestro actual piano. Hay dos episodios de la historia del piano que sirven para hablar del edificio que nos ocupa.

El primero es la invención del piano vertical, que se desarrolló en Londres en 1795 por diseño de William Stodart. El piano vertical consuma la independencia de la fuente de sonido y el espacio. Pero mientras este no es más que un mueble parado, casualmente, en un punto neutro de la casa, el piano horizontal, o de cola, tiende, aún hoy, a colocarse en salas o espacios cuya dimensión y acabado están pensados para subrayar la presencia sustantiva del instrumento. El piano que posee el arpa, las cuerdas y los martillos paralelos al suelo, reposa todavía acostado e inmóvil en el sitio construido para su uso, cuando los otros pasan, imprevisiblemente, por lugares no previstos del universo,

Cuando he escuchado a Blanca Lleó y al equipo holandés MRVDV explicar su edificio como un giro de la manzana cerrada sobre uno de sus lados, como una rotación ligada al juego y al ingenio, siempre he recordado esta diferencia entre pianos. La manzana cerrada se basa en un concepto bastante antiguo y superado de funcionalidad; un criterio que, a otra escala, reconoceríamos en las casas de Palladio o en la arquitectura de Durand, —y no lo digo como mérito—; el proceso que llamaríamos división y empaquetamiento. Se trata de un sencillo procedimiento basado en las siguientes premisas; Contamos con un espacio físico en la tierra que vamos a destinar a una construcción.

Conocemos con exactitud las funciones que se van a realizar en su interior a partir del momento de su realización completa.

Cada función tiene unas necesidades espaciales, —área, dimensiones, proporción, acabados materiales—, unívocamente determinadas y que forman parte del saber técnico del arquitecto.

Del espacio vacante podemos destinar, por un mecanismo de simple división y acondicionamiento, un paquete de cualidades espaciales estrictas a cada función.

Desgraciadamente para algunos, ninguna de estas cuatro premisas se mantiene vigente en la actualidad. El uso de la tierra para construir sobre ella no es más que una usurpación ilegítima y, por tanto, debe subrayarse la temporalidad y argumentarse la necesidad de este préstamo. El devenir funcional de los espacios, incluso en un futuro cercano, se ha convertido en algo mucho más jnaprehensible. Por supuesto los arquitectos listos ya no creen que exista una única forma de realizar cada una de las funciones vitales, y menos que en sus escuelas y universidades les hayan enseñado la mejor. Así pues, la arquitectura doméstica y el urbanismo “del tabique” han perdido su sentido.

Como el piano vertical, el “mirador” gana para la ciudad una gran batalla: la del determinismo funcional quasi-automático. Otros valores y otras dependencias son las que deben dar argumentos a la arquitectura. El proyecto comienza una buena lista de proposiciones: hagamos una arquitectura que permita visiones inéditas del paisaje, como una cámara oscura que nos revela otra apariencia del medio que ya conocíamos; construyamos una nueva categoría de espacio público; plaza elevada, córrala-mirador, jardín-cubierta, salón abierto, meetingpoint bajo puente cool; permitamos la diversidad organizativa tipológica y perceptiva en una entidad única e híbrida: un edificio formado por barrios; simultaneemos en cada vivienda un rol íntimo y un papel comunitario: las viviendas en su interior son espacios cuidados y adecuados para habitar y, como unidad casi estructural, forman parte de la base los apoyos o la viga puente, o del barrio de gresite; pongamos la construcción al servicio del ingenio; arranquemos una sonrisa al transeúnte.

El segundo episodio de la historia del piano trae a John Cage a colación. Cage realizó varias composiciones para “piano preparado”, instrumento que inventa colocando diversos objetos entre las cuerdas de un piano convencional para obtener efectos sonoros y estructurar una especie de orquesta de percusión controlada por dos manos. Este momento hermoso de la historia reciente parece recordarnos que, pese a la movilidad, pese a la independencia de las categorías rígidamente fijadas, existe la posibilidad de construir un ambiente, en este caso sonoro, no predeterminado por el instrumento o por el espacio de escucha, pero sí extraordinariamente rico en percepción y vivencia. Este es uno de los puntos clave en los que se encuentra la arquitectura contemporánea, el momento que yo bautizaría “Hay vida después de Míes”. Conquistada la independencia y la movilidad de espacio y uso, de función y forma, y ante la tentación histórica de que esta versatilidad nos conduzca de nuevo a la idea única del espacio neutral, debemos restituir todas las características perceptivas y organizativas de un entorno rico e intenso. En este punto, esas nuevas ofertas con las que este edificio nos tienta, —paisaje, barrio, diversidad, organicismo—, comienzan a tener nuevos sentidos. Con su naturaleza puramente coyuntural, —es decir, no dada de por sí como categoría o tipo establecido—, proponen comenzar a construir el entorno urbano ambientado, enriquecido, variado y fenomenológicamente rico que desearían los habitantes del mundo. ¡Qué pena que el emplazamiento acompañe tan poco!; ¡lástima que esta actitud no se haya aplicado a ciudades sino en excepciones!; iqué desgracia que no se construyera la escalera que unía la calle y el mirador! Y que, verdaderamente, habría activado el mundo de una nueva manera.

Izaskun Chinchilla

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