Sueño de habitar

Académica, Libros

Sueño de habitar

Ha sido Joseph Rykwert en su ya clásico ensayo La casa de Adán en el Paraíso quien ha mostrado cómo habitar la tierra ha sido uno de los desafíos básicos de toda cultura, dejando a la arquitectura, en su acepción más genérica, el trabajo de ir resolviendo las formas y modos con los que tal habitar se definía, y atreviéndose a establecer un cierto paralelismo entre dos extremos de la historia: por un lado, la tribu aranda, localizada en el valle del río Finke, en el centro de Australia, que renunciaba incluso a las formas más elementales para resolver su habitación, y por otro, las ideas de Le Corbusier en Hacia una arquitectura, atento a problematizar la casa del hombre moderno.

La lectura de Rykwert no hace sino incidir en los aspectos que toda historia de las formas de la cultura tiene que esclarecer. En sus últimos trabajos, Pierre Bourdieu ha dejado claro cómo la casa revela con precisión la posición de un individuo en el espacio social y en el espacio simbólico, dando las coordenadas de una serie de factores que definen socialmente al individuo. En la jerarquía simbólica, la visibilidad de la casa es implacable. Nada como ella alcanza a definir los aspectos que construyen el lugar de un individuo en el contexto económico, social y hasta cultural de un momento determinado.

En efecto, tanto la perspectiva que Bourdieu establece sobre la relevancia simbólica de la casa, cuanto la historia de las formas del habitar que Rykwert analiza, nos señalan una evolución histórica que debe entenderse desde una perspectiva más sociológica que tipológica. La casa se presenta como la síntesis por excelencia en la que convergen todas aquellas variantes que definen la condición social del sujeto de

cada época. En ella se encuentran, reitera Bourdieu, lo económico y lo social, lo cultural y lo simbólico.

Visitar hoy, por ejemplo, la casa de Schinkel o la de Reynolds nos permite entender cómo el universo que en ellas reposa trasciende los órdenes propiamente formales o tipológicos para internarnos en un mundo en el que todo, desde la arquitectura hasta las artes decorativas, queda conjugado a partir de la idea de un gusto particular que el individuo que la habita impone a su composición. Un gusto que, a partir del siglo xvni, es la expresión de un nuevo individuo que modifica la relación de apropiación de las artes, pasando a ser éstas una proyección de una subjetividad que fija su forma de entender la vida, la historia, la experiencia humana.

Sin duda alguna, fue con el nacimiento de la metrópolis con lo que el debate sobre la ciudad y las formas del habitar moderno adquiere una nueva relevancia. La aparición de un nuevo individuo, el burgués de Werner Sombart —cargado de atributos, sujeto de una historia que la revolución industrial había puesto en marcha, y cuyos primeros resultados eran evidentes — , hace que las formas heredadas del siglo xvni sean cuestionadas. La metrópoli, que pasa a ser la metáfora por excelencia de la vida moderna, es también el lugar de la aparición de un individuo particular que fijará sus nuevos escenarios y rituales de representación. Los interiores que Honoré de Balzac o Emile Zola describen, o los que podemos observar en los trabajos del impresionismo, señalan justamente este cambio de gusto y de percepción. Walter Benjamín ha sabido identificar las relaciones que articulan estos cambios de vida y sus consecuencias formales en la organización de la ciudad y de la casa. En los Cuadernos de 1935 escribía: “Bajo el reinado de Louis-Philippe hace su entrada en la historia el individuo particular. Para éste, los locales de vivienda se encuentran por primera vez en oposición con los locales de trabajo […]. El particular, que en su despacho sólo tiene en cuenta realidades, pide que en su interior se le alimenten las ilusiones. En la disposición de su ambiente privado, rechaza sus preocupaciones. De ahí derivarán todas las fantasmagorías del interior; para el particular, éste representa el universo. Reúne las regiones lejanas y los recuerdos del pasado. Su salón es un palco sobre el teatro del universo”.

El triunfo de la metrópoli como escenario privilegiado de la vida moderna arrastra consigo las formas de la vivienda y, como más tarde Georg Simmel anotará, las relaciones del individuo moderno con el espacio social. Esta feliz relación, que el siglo xix inaugura y convierte en modelo para la vida moderna, se verá sacudida por la crítica que, a partir del fin-de-siécle, irrumpe y problematiza una legitimidad que el naturalismo del siglo había establecido. Una complicidad que dejaba oculta la escisión cada vez más dramática entre vida y forma, y que Simmel reconocerá como la causa del drama de la vida moderna. Adolf Loos establecerá la frontera y límite de un concepto que, sin duda alguna, contenía en su propio discurso las ideas de una nueva concepción del habitar moderno.

La tensión abierta por Loos recorrerá las primeras décadas del siglo xx, hallando en el debate intelectual que sigue al final de la Gran Guerra su momento central. La idea de un Berlín como Weltstadt reunía todas aquellas ideas que están en la base de la definición de un nuevo proyecto, construido a partir de lo que Walter Gropius definía como una nueva perspectiva universalista, un proyecto a cuya construcción se dedicarán las mejores intenciones de la década de 1920. Sin entrar en una valoración más detallada de lo que significaron estas ideas y las dificultades que acompañaron su realización, volvemos a encontrarnos con el manifiesto ético, que, a favor de una nueva arquitectura, proponía Mies van der Rohe y que aparecerá en el número 7 de Die Form, en junio de 1931. Mies escribe: “La vivienda de nuestro tiempo todavía no existe. Sin embargo, la transformación de las condiciones de vida la harán necesaria”. Una vez más regresará al punto de vista que entiende el proyecto de la arquitectura articulado con los procesos sociales y culturales que, en última instancia, definen una época. A nadie escapa que los años que siguieron a la Gran Guerra fueron decisivos a la hora de definir un proyecto que las circunstancias políticas hicieron imposible. Pero que, sin embargo, marcaron aquella tensión que recorrió de forma apasionada los años de entreguerras.

Al final cobra un eco especial la conferencia pronunciada por Martin Heidegger el 5 de agosto de 1951 en el marco de las Darmstadter Gesprache II: Bauen Wohnen Denken [Construir, habitar, pensar]. La intención heideggeriana no era otra que la de abrir una reflexión sobre el proyecto de una reconstrucción que, después de la catástrofe de la guerra, hiciera posible “habitar el mundo”. Todos sabemos cómo este propósito edificante de Heidegger se resuelve remitiendo su lectura a una tradición clásica para la que la tarea de toda filosofía no es otra que la de “salvar la polis”, tal como Platón en la Carta VII había defendido, dejando a los diferentes momentos de la historia definir y concretar qué se entiende por “salvar” y qué por “polis”. Los avatares de esta historia son de todos conocidos, y el carácter dramático de la posguerra se

convertía a la sazón en un argumento difícil de evitar, especialmente para quienes seguían pensando en una historia como experiencia y realización de la razón humana.

Leer de nuevo el estudio de Blanca Lleó, Sueño de habitar, es tanto como volver a pensar la arquitectura a partir de todas aquellas condiciones que están en la base de la llamada cultura del proyecto. De alguna forma el debate sobre la casa es parte central del debate sobre la arquitectura, y uno y otro remiten necesariamente a un contexto en el que operan las grandes transformaciones de nuestra época. La secuencia que nos propone recorre lugares, unos canónicos y otros sintomáticos, de la arquitectura contemporánea, que muestran aquella obsesión que ya Rykwert había identificado, a la que toda cultura debe responder bajo las diferentes formas del habitar humano. Por decirlo así, todas las casas son una sola en ese juego de posibles al que se enfrenta el difícil tiempo de la historia y que Blanca Lleó recorre con lucidez. (…)

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