Sueño moderno de habitar en do.co.mo.mo

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Sueño moderno de habitar en do.co.mo.mo

Sueño moderno de habitar

 

El habitar moderno es un sueño, una aspiración difícilmente alcanzable. Estas dos palabras juntas -habitar y moderno- encierran una fructífera contradicción que parece irreconciliable. Por una parte habitar, en su imagen ancestral de la cabana primitiva, alude a permanencia y refugio, implica estabilidad y continuidad: ” la casa es conservadora” dirá Loos. Por el contrario moderno, en su imagen corbuseriana es máquina y nuevos tiempos, significa dinamismo y transformación incesante.

Pues bien, es precisamente en esta tensión dialéctica que subyace al hogar moderno, donde germina la arquitectura de este siglo que termina. Es más, en esa posición Inestable del habitar moderno, entre lo inmutable y lo transitorio, entre lo eterno y lo fugitivo, entre el pasado y el futuro -pero siempre inmerso en las tensiones del presente-, es donde reconocemos un proyecto moderno aún vigente; vigente como punto de referencia obligado para nuevas e Imprevisibles perspectivas de futuro.

Por otra parte hablaremos hoy aquí de la casa del arquitecto. La casa propia’como autobiografía construida; podría ser la expresión más subjetiva y quizás también la más auténtica plasma-ción del hacedor y habitante en su sueño moderno de habitar. Pensemos que salvo contadas excepciones, entre las que se encuentran la casa de Soane en Londres o la de Jefferson en Mon-ticello, es con el nacimiento de la arquitectura moderna cuando los arquitectos, al proyectar y construir su propia casa y estudio, buscan la ocasión más propicia por ser la más libre. No sólo se ponen entonces a prueba programas, tipologías, materiales y sistemas constructivos, sino que también y sobre todo, la casa del arquitecto se convierte en el manifiesto o el testamento construido de un nuevo sueño de habitar.

Debo decir que el orden de esta comunicación contrapone dos ejemplos del ámbito ibérico de los años 60, con otros dos episodios paradigmáticos del periodo heroico de entreguerras que acontecen fuera de nuestro entorno. En términos generales, se evidencia una temporalidad diversa de la modernidad en España como consecuencia de las circunstancias que propician una incorporación tardía Sin embargo este aparente desfase podría ser también la causa de la -hasta el día de hoy- contundente y arraigada presencia de lo moderno -no exenta por supuesto de transformaciones y vicisitudes- en nuestro panorama arquitectónico.

1. Primer episodio: Sáenz de Oiza suena un refugio en la naturaleza. El movimiento hacia la ciudad, lugar fundamental y simbólico de la civilización técnica del hombre trae otro movimiento, el del regreso a lo primitivo, para luego de nuevo volver a lo artificial. Este movimiento pendular incesante es el deseo de cambiar y de contrastar lo que se ha alcanzado con lo que antes se tenía, con lo ancestral y originario. Así expresa Sáenz de Oiza el pensamiento dialéctico moderno -transformación incesante, eterno retorno- y así también se expresa en este sueño moderno de habitar, este proyecto vivo, siempre en estado de cambio que habrá de acompañarle durante años. Su refugio en un encinar de Oropesa -niñez encaramada a los árboles- nunca se llegará a realizar y sin embargo es para nosotros expresión viva del espíritu de una modernidad heroica, de un talante tan contradictorio como creador.

Concebida como una construcción mínima irá evolucionando a lo largo de los 60 hacia una idea de torre o casa árbol. El refugio es una atalaya inexpugnable, símbolo ancestral del dominio del hombre sobre el territorio; la casa protectora. Y al mismo tiempo, los ingenios de la casa, máquina de habitar, se expresan como logros modernos, como una baza conquistada al problema que se trata de resolver; respuestas diversas a cuestiones antiguas: elevarse y mirar, descansar, compartir techo. Soluciones que confían en una arquitectura intemporal y sin autor, como son la canoa, la bicicleta, el bote de remos.

Balcones, cuerpos salientes y escaleras alardean una ingravidez de grandes vuelos, colgados o acodalados. El habitat, como el árbol, se expande arriba en el aire, pero al contrario que el árbol, se define como un artefacto preciso de rigurosa silueta. Los muros de piedra, sólida fundación, se alzan de madera y encuentran en la coronación un ala de vidrio, transparencia de agua recogida del cielo. Lo eterno y lo contingente conviven poéticamente en el sueño moderno de habitar. La casa vertical es un hogar sin centro, con vocación centrífuga, dinámica. Al tiempo que nos acoge, la guarida se proyecta hacia el horizonte infinito del territorio circundante. De acuerdo a su uso, la posición convencional de las estancias se ha invertido, y así vemos, ocultas, cerradas y cerca del suelo las camas, mientras que la estancia de día y comedor se abre por encima de las copas de los árboles.

Sáenz de Oiza piensa por y desde la realidad. La realidad es el soporte de los sueños, sin aire no se puede volar. La casa árbol en Oropesa es para el arquitecto la respuesta cabal a un cúmulo de circunstancias que exigen satisfacer las necesidades de seguridad, autosuficiencia y bienestar. Sin embargo, el deseo de racionalidad y economía constructiva están impregnados de poesía. La actitud moderna experimental y progresista parte de un impulso artístico, de la capacidad de despertar emociones, Citando a ítalo Calvino, Sáenz de Oiza habla de una búsqueda de la exactitud moderna que se bifurca en dos direcciones, temas abstractos y temas sensibles de las cosas. El pensamiento lógico nace de la razón y se expresa con palabras, el pensamiento analógico es arcaico y sensible, es sentir, y no se expresa con palabras. El sueño moderno de habitar es ambas cosas: arcano y abstracción, nace de un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón.

En los años 80, Sáenz de Oiza elabora en un taller de arquitectura lo que él llamará una alternativa a la dispersión urbana propiciada por las redes de comunicación. El principio del ejercicio está basado en que una casa se parezca a otra casa, como un coche se parece a otro coche. A vueltas con la paradoja moderna, el arquitecto plantea la confianza en la tecnología contemporánea que puede ofrecer mejor diversidad que la pretendida por la artesanía actual, homogénea y vulgar. En esta investigación reaparece como solución a un problema social, aquel sueño lejano de su casa árbol, la torre de las estancias invertidas. Arte y técnica, individuo y sociedad, permanencia y cambio, la modernidad es un campo de fuerzas. Sáenz de Oiza manifiesta:

“Me gustan las situaciones encontradas, una cosa y la contraria. Cuando una obra es cerrada es perfectamente cerrada, como un dodecaedro, y cuando es abierta, es perfectamente abierta como una cabellera al viento. Geometría pura y acontecer momentáneo. Las dos son tremendamente extraordinarias…. ésa es mi visión”. Así también su torre refugio en Oropesa, sueño de habitar, paradoja moderna, arquitectura heterodoxa, imagen contrapuesta a la anónima ensoñación de la Casa Pegotti, demolida en 1933, con la que tantas veces Sáenz de Oiza ha terminado sus clases.

2. Otra torre, la casa de Melnikov en Moscú construida en 1927, refleja de modo paradigmático y sublime el sueño moderno de habitar como músculo en tensión. “Todo mi trabajo arquitectónico es una reflexión personal de nuestro tiempo, diferenciada por mi carácter ruso”.

Después de construir su enigmática casa, el arquitecto, tachado de individualista, intentará demostrar en vano el valor social y reproducible de su idea; la casa de Melnikov refleja la dialéctica permanente del arquitecto moderno entre lo singular y lo reproducible, entre el individuo y la sociedad. El carácter dialéctico de esta arquitectura ya nace de la propia forma: dos cilindros maclados, dos figuras regulares, centrales y estables que en su dualidad generan una forma extremadamente dinámica, de movimiento continuo e infinito; el ocho, la cinta de Móbius. El centro inexistente es un punto focal en constante desplazamiento. Como los fotomontajes que por aquellos tiempos realizaba Moholy-Nagy, se alude a una percepción en movimiento; la percepción de los nuevos tiempos.

En su autobiografía Melnikov escribe:

“… Construir para nosotros, por nuestros propios medios, y más aún, con enorme riesgo para el bienestar de la propia familia, es un verdadero estímulo que ahonda el contenido emocional hasta el punto de alcanzar, fácilmente, descubrimientos extraordinarios e inesperados allí donde nuestra vida hubiera transcurrido rutinaria como la de un topo …”.

Melnikov utiliza la construcción artesanal y tradicional rusa de su tiempo con inventiva moderna. Así el cerramiento estructural de ladrillo permite una peculiar solución de fachada libre y los forjados reticulares de madera dan solución a una suerte de planta libre. La dispar indumentaria de Melnikov y Rodchenko, en los tiempos en que son embajadores soviéticos en la Exposición Universal de 1925, delata elocuentemente la enorme distancia entre ambos camara-das, o mejor aún entre Melnikov y la sociedad soviética revolucionaria de su tiempo. En sentido inverso, esa distancia se convierte en proximidad cuando comparamos la sección de su propia casa con la Maison Guiette de Le Corbusier o cuando evidenciamos la semejanza entre su estudio en lo alto de la casa y el taller de Ozenfant, que había visitado un par de años antes de la mano del gran maestro moderno.

Frente a la clara parquedad de las primeras ideas apegadas a la tipología rural centrada, la forma experimental llevada a cabo tras el viaje a París, refleja la ambivalencia de la modernidad en el escenario de la vida cotidiana, el nudo gordiano de contradicciones y fuerzas en conflicto a ella inherentes. El espíritu moderno es emancipación del sujeto pero también es liberación del inconsciente y las pasiones. La casa de dos centros soporta un doble rol con sus correspondientes leyes espaciales; uno es el habitar y el otro el proceso de pensamiento moderno. La zona intermedia construye una identidad provisional entre ambas.

El sueño para Melnikov es el solape entre la vida y la muerte, la forma intermedia de espacio y tiempo, entre la racionalidad y la irracionalidad, entre el consciente y el inconsciente. Es allí donde cada uno de los mundos en conflicto fertiliza al otro, creando sueños y activando la creatividad dinámica. Para el arquitecto ruso el sueño, como el sol y el aire limpio, forma parte de la idea higienista moderna. Pero además es la ensoñación utópica y la metáfora de la revolución soviética; el sueño es la esperanza y la promesa de una transformación física y psíquica de los individuos y la sociedad. Vacío y puro, este espacio dorado y sin aristas es la imagen mítica de una renovación soñada -sueño moderno de habitar-, el tránsito definitivo entre pasado y futuro.

3. En el tercer episodio nos situamos en la periferia de nuestro entorno. Se trata de una casa inédita construida en los 60 en la Isla Graciosa, al norte de Lanzarote.

Patrick y Silvia Shiel, arquitectos y profesores de la Universidad de Oxford, dejan para siempre la isla de Gran Bretaña y eligen casi al azar una diminuta isla semidesierta para habitar el resto de sus vidas. Pertenecientes como los Smithson a aquella generación que vivió el derrumbe del imperio, su actitud y pensamiento reflejan por un lado el escepticismo frente a las ilusiones de la inmediata posguerra inglesa, y por otro un nuevo realismo basado en la observación de una cotidianidad que no excluye lo vernáculo y hasta lo banal.

Rescatando toda la poesía y el auténtico vigor de un medio natural indómito, esta casa representa la creación de un entorno habitable en la libertad del espacio natural, la fuerza de lo realizable y la dignidad de lo necesario. Como arte no elocuente su geometría, color y forma, reflejan la Montaña Bermeja y el volcán de la Montaña Amarilla, el Barranco de los Conejos y el Risco de Famara. Su pasar desapercibido contrasta enormemente con la notoriedad de los prismas blancos que la rodean, con la arquitectura popular que se enfrenta orgullosa a la avasalladora naturaleza volcánica .

La organización de la casa parece provenir, más que de un oficio inspirado, de una decantación inteligente y viva de la tradición moderna. A la sencilla yuxtaposición de piezas en torno a un patio abierto, se superpone un orden de itinerario en espiral que, como una promenade architec-turale, nos brinda desde la casa como atalaya una visión en secuencia de los cuatro puntos cardinales. El recorrido se inicia en el exterior, en el umbral de entrada al patio. A continuación, el espacio principal en doble altura se estructura como una conexión diagonal ascendente que enlaza con la planta superior. El cuerpo alto que se asoma al mar termina en una terraza puente que sobrevuela el punto de acceso; el movimiento por la casa completa aquí los 360 grados. Y aún es posible continuar el paseo a través de las cubiertas -horizontales e inclinadas- hasta el punto más elevado de este promontorio arquitectónico. La casa es una montaña. La escalada es el argumento de un habitar vinculado al paisaje circundante.

Imaginemos por un momento que los Shiel, viviendo aún en Inglaterra hubieran llegado a conocer la Future House de los Smithson expuesta en Londres en 1956. Los dos factores principales de la organización de ambas casas las vinculan; uno es la libre utilización de la tipología meridional de la casa patio, el otro la importancia capital del recorrido. En ambos casos, patio y recorrido hacen la casa: la Casa Shiel en la naturaleza con el patio abierto y el recorrido ascendente, y la de los Smithson, adosable y urbana con el carácter introvertido y cerrado de recorridos indeterminados.

Aun desde lenguajes bien distintos, la arquitectura de las dos parejas coetáneas coincide en los presupuestos esenciales: el sentido de integridad y la honestidad de lo necesario, la respuesta responsable a los requerimientos funcionales y del entorno que la actividad del hombre demanda, el espontáneo uso de los medios materiales, el continuum histórico y ambiental en la propuesta arquitectónica.

Sí la Future House de los Smithson representa la “nostalgia de futuro” de una cultura que aún confía en el progreso, la casa de los Shiel en la Isla Graciosa es la vuelta del hombre moderno a los orígenes. Como dos polos dialécticos de un mismo sueño de habitar, cada una de ellas enfati-za un aspecto de la dualidad moderna: al prototipo de producción en serie -casa ficción futura-se contrapone el refugio en la naturaleza, la casa primigenia, permanencia y estabilidad.

4. De Oropesa a Moscú y de la Isla Graciosa a París. El cuarto y último episodio nos conduce a la propia casa de Le Corbusier, la que habitará durante más de treinta años. En ella indagamos una idea moderna de habitar que contrapone la racionalidad higienista, funcional y productiva del Movimiento Moderno, a la poética de la diversidad, la fragmentación y la heterodoxia.

En 1931 Le Corbusier encuentra en la periferia de París el solar idóneo para poner a prueba sus ideas acerca de la ciudad moderna. El solitario bloque de apartamentos que finalmente aquí construye emerge sobre el tapiz verde que forman los campos de deportes de Porte Molitor y el Bois de Boulogne. En lo alto de éste, su primer edificio de vivienda colectiva, el arquitecto encuentra el lugar artificial perfecto donde construir su propia casa. En la visión mecanizada de la naturaleza de la Ville Radieuse, el sol, el aire y la luz son manipulados y controlados por la arquitectura como máquina de habitar; éste es el contexto donde Le Corbusier proyecta su hogar.

La vivienda de Le Corbusier, encaramada a lo alto del bloque, es una casa aislada. La comunidad y el arquitecto viven realmente en mundos separados. Le Corbusier vive la lucha permanente del sujeto moderno, entre su pertenencia a una comunidad y su ser individual. Esa misma ambivalencia del arquitecto, que se debate entre la construcción colectiva de una nueva sociedad por una parte y el individualismo del genio artístico por otra, adquiere la máxima expresión en su propia casa del número 24 de Nungesser et Coli. Para Le Corbusier este bloque de apartamentos es sin duda la ocasión esperada para demostrar la veracidad de sus teorías acerca de la arquitectura y el habitar moderno. Y así por ejemplo frente a los primeros tanteos en planta, la solución final llevada a cabo, esgrime el triunfo de la libertad y la flexibilidad de la planta libre. En su propia casa, esta condición de fluidez espacial es llevada hasta el extremo, al resolver con bóvedas las dos superficies principales. Estructuralmente el último piso también se desvincula así del resto de la agrupación en altura realizada en pórticos de hormigón. En la casa abovedada resuena la arquitectura tradicional de una construcción asentada en el suelo, asociada a la tierra y al campo. Y sin embargo Le Corbusier traslada toda su carga poética a una naturaleza artificial en las alturas de esta torre en la ciudad. Parece evidente la relación del ático del arquitecto con la pequeña casa de fin de semana en las inmediaciones de París. En su obra completa, esta vinculación se hace explícita.

El mismo camino recorrido por Le Corbusier entre la Villa Savoie, de 1929, y esta petitmaison de Banlieue, de 1935, parece existir entre las seis primeras plantas del bloque de apartamentos en Porte Molitor y la casa del arquitecto situada en su cubierta; es precisamente el camino que va desde la racionalidad y la geometría pura a una experiencia abierta de lo moderno que incluye lo contingente, lo fragmentario y lo diverso.

En lo alto del inmueble, la casa de Le Corbusier muestra en su cierre y apertura al exterior una mayor riqueza dialéctica. Por una parte el apartamento se abre al exterior del mismo modo que las demás plantas, es decir con un muro cortina. Sin embargo en el otro extremo, en el estudio, el apoyo de la bóveda en el borde de la fachada este, se resuelve con un extraño pilar en forma de V; la estructura se manifiesta aquí de modo diferente como silueta expresiva a contraluz. Pero más sorprendente aún es la pared de piedra y ladrillo que aparejada con azaroso cuidado compone el cierre de fondo de esta habitación llamada por Le Corbusier “el taller de la búsqueda paciente”.

Así la siente Le Corbusier:

“La piedra puede hablar con nosotros; nos habla a través de la pared. Su tosca superficie es sin embargo suave a nuestro tacto. Esta pared ha llegado a ser mi compañera a lo largo de la vida.” Para Le Corbusier el espectacular contraste entre las tecnologías modernas -expresadas en el muro cortina de vidrio y acero- y los materiales de construcción tradicional -expresados en el muro de piedra y ladrillo- del particular y curioso montaje en su estudio representa, más que una cuestión de estilo, la más profunda de todas sus búsquedas. Para Le Corbusier el nuevo sueño de habitar nace tanto del entendimiento del automóvil como de la cabana, en una dialéctica sin fin, tomando como referente primordial el sujeto y “desplazando conceptos” para así reinterpretar la verdadera tradición de la cultura desde las nuevas tecnologías y las nuevas funciones vitales.

Terminaré con dos palabras:

Identificar el proyecto moderno con el triunfo de la razón, la destrucción de las tradiciones, los vínculos y las creencias, es en este final de milenio algo decididamente superado. Ya desde sus inicios, pero sobre todo en tiempos recientes, la crítica de la modernidad, nos descubre -cito palabras de Touraine:

“Un nuevo concepto de proyecto moderno, compuesto de complementariedades y oposiciones entre el esfuerzo de la razón, la liberación del sujeto y el arraigo en una sociedad y en una cultura” El proyecto moderno como proyecto de renovación social, además de situar la razón por encima del dogma, es también y sobre todo la emergencia del sujeto como libertad y creación; libertad como derecho de elección y participación, creación como identidad con la propia vida. Las casas de Sáenz de Oiza, Melnikov, los Shield y Le Corbusier, como autobigrafías arquitectónicas, podrían ser la expresión más subjetiva y quizá también la más auténtica plasmación del arquitecto, en su sueño moderno de habitar. Tan sólo son cuatro ejemplos, cuyo valor está precisamente en la expresión dialéctica de una arquitectura que refleja la tensión viva y fértil entre lo duradero y lo circunstancial, entre el pasado y el futuro, entre el individuo y la sociedad, entre la idea ancestral de hogar y el pensamiento moderno.

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